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LOS TIEMPOS MARCAN



Casa de muñecas, de Henrik Ibsen

           Juan Luis Moliner Sospedra
Ex-profesor del IES Ramon Llull


Cuando uno acaba de ver en el teatro Rialto la representación de Casa de muñecas, si previamente no ha leído el texto original, siente una cierta compulsión a acercarse a su lectura, porque ve como algo evidente que entre la obra escrita en 1879 y estrenada un año después y la vista en su puesta en escena tiene que haber un cierto distanciamento.
            Leída la obra, ese lector – espectador percibe que los tiempos marcan, y que el contexto sociocultural que hizo que Ibsen escribiera el texto de una determinada manera es muy diferente al actual. Es difícil que un espectador de hoy considere como un arma suficiente arma el chantaje al que somete Rank a Nora: la falsificación de una firma en un documento de préstamo bancario. Para comprender mejor el espectador actual la angustia a que se ve sometida Nora, es necesario introducir una nueva arma, más de acorde con las sensibilidades actuales, el arma del sexo, arma totalmente inmanejable en un escenario dentro de una sociedad puritana burguesa de finales del siglo XIX.


            Sin que se pierda el mensaje último que encierra la obra, tanto en su texto escrito como en su representación escénica (reivindicación de la mujer y su libertad por encima de los roles que la sociedad le exige) la puesta en escena de Ximo Flores significa una actualización y consiguiente acercamiento del texto al espectador del XXI de algo escrito a fines del siglo XIX.
            Veamos algunas de estas actualizaciones y reflexionemos sobre ellas, sin que lo que sigue sea óbice para que cada uno pueda aportar más ejemplos.
            Como se ha sugerido anteriormente, el móvil sexual (que en el texto original ni siquiera se sugiere) es el arma más potente que utiliza Rank para mantener en el precipicio de la estabilidad matrimonial a Nora y ese móvil hace que interceda ante su marido en el mantenimiento de su puesto de trabajo. Es cierto que sobre el escenario se señala de forma ostensible el hecho de que Nora haya falsificado la firma de su padre en el documento del préstamo bancario, pero Rank muestra toda su fuerza de coacción sobre Nora cuando le alude sus pagos con sexo por deudas pecuniarias. Todas las referencias y sugerencias que aparecen en escena serían impensables en un teatro burgués del XIX. Es más, serían motivo de rechazo. Hoy son motivo de enganche.
            Lo que en la obra original es un cese de Rank en su trabajo en el Banco porque ha cometido los mismos delitos con los que chantajea a Nora, amén de otras irregularidades, en la puesta en escena, su pérdida de empleo se debe a un ERE (Expediente de Regulación de Empleo), un reajuste de plantilla. En una sociedad tan garantista como la nuestra, este tipo de irregularidades se dirimen en el ámbito judicial y se necesitaría para su ejecución un tiempo tan dilatado que se consideraría inverosímil que un director de banco tomara la decisión de prescindir de un empleado sin sentencia judicial. El ERE, en cambio, es capaz de prescindir de la noche a la mañana de un trabajador.
            Para un habitante del Norte de Europa, a  finales del XIX, las  enfermedades tenían su remedio en los climas benignos del Sur europeo, concretamente en el Mediodía francés (Niza, Montecarlo..., la actual Costa Azul). La benignidad del clima y el sol eran los mejores antídotos a los males. El mal del siglo XX y principios del XXI se llama cáncer y ese mal tiene sus remedios (cuando los hay) en unos recursos técnicos y científicos que solo están en EEUU. Por eso Nora se lleva a su marido Helmer a curarse allí y para ello necesita de un préstamo que ella quiere asumir cueste lo que cueste.
            El chófer se convierte, dentro de la representación teatral, en el instrumento del que se valen tanto Nora como Helmer y Rank para llevar los mensajes a sus destinatarios. El chófer y el coche son símbolo de un status social del siglo XX propio de un director general de un banco. Sin embargo, en el XIX los mensajes se depositan en buzones, receptores pasivos de todo tipo de información. En aquel momento, coche y chófer estaban es estado embrionario.
            La única música que se oye en la obra original es la tarantela italiana. En la obra representada, esta música es sustituida por una variedad de ritmos modernos y otros no tan modernos (como la Bámbola) e incluso clásicos (la pieza de ballet que Nora ensaya para la fiesta de Nochevieja). Esa variedad musical añade al texto un grado de espectacularidad que no exigía el espectador del XIX. Para espectacularidad ya existía la ópera. Hoy el espectador, además de palabra, demanda eso, espectáculo, ritmo, juegos de luces... A todo ello contribuye la adaptación vista por el espectador del Rialto.
            A esa misma espectacularidad contribuye la conversación mantenida entre Nora y Helmer con sus hijos, que se encuentran con su tía en EEUU, a través del Skype. En el texto original, la presencia en escena de los muchachos con su tutora es efímera, reduciéndose a una corta aparición. En el montaje teatral, donde los ajustes económicos están presentes en todo, la presencia de los muchachos y tutora hubieran encarecido su puesta en escena. Por tanto, su intervención, reducida a un plasma, a la par que produce espectáculo, permite un cierto ajuste presupuestario.
            El tiempo (en este caso espacio) me marca ahora a mí y creo que es hora de terminar estas reflexiones. Hay muchos más elementos que actualizan la obra y lo acercan al espectador de hoy, pero os lo dejo para que seáis vosotros y vosotras los que los encontréis en la lectura del texto, si habéis asistido previamente a su representación.
            Pero, pese a todas sus actualizaciones, ambas obras (la escrita y la representada) trasmiten un mismo mensaje y que es válido tanto para el espectador del siglo XIX como de XXI: tenemos que dejar de ser muñecas de una sociedad que a cada uno le exige que desarrolle un rol determinado, y, en cambio, hemos de convertirnos en seres humanos con total libertad de acción con independencia de nuestros propios roles sociales. Eso es lo que hace de Casa de muñecas un clásico. Otra cosa es que cada época marque su propia forma de decirlo.







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